Rollo: Jorge Moreno
Hace unos días les presentamos un reportaje sobre el curandero más famoso de todos los tiempos en México, José Fidencio de Jesús Constantino Síntora, conocido como el “Niño Fidencio”, quien en sus mejores tiempos llegó a tener a catorce mil personas acampando en un terreno a la espera de ser atendidos, incluso curó al presidente mexicano Plutarco Elías Calles, así como a millonarios norteamericanos.

Hoy les presentamos la tercera parte de este caso y nos centraremos en un suceso que ha llamado la atención en el sureste del país, ya que Fidencio, en su adolescencia, estuvo poco más de dos años radicando en Yucatán, específicamente en la comisaría de Chochoh, en donde trabajó como peón en la hacienda henequenera.

Fuentes consultadas al respecto, manejan la versión de que fue en Yucatán en donde aprendió a utilizar las hierbas medicinales para curar enfermos, ya que en sus ratos libres, cuando no estaba trabajando, recibió las enseñanzas del sacerdote maya Manuel Pech (oriundo de Tixpéual) y gracias a este conoció a los h’men Alvaro Chicum (de Hunucmá) y Rodolfo Chalé (Ticul), quienes le mostraron los secretos de la magia blanca yucateca.

Por si fuera poco, en Mérida conoció al santero cubano Valdemiro Sifuentes, con quien aprendió las artes del vudú y otras “ciencias oscuras”; esto último fue clave en su conocimiento, ya que gracias a ello, tiempo después pudo identificar en sus enfermos cuando estaban malos de dolencias médicas, o bien, de magia negra.

Tal y como mencionamos hace unos días, “El niño Fidencio” nació con el don de poder curar a personas (y entre otras cosas también podía ver con los ojos cerrados y leer la mente de la gente) y quizás si no hubiera venido a Yucatán, o mejor dicho si no hubiera conocido a esos cuatro maestros, sus dones no hubieran sido tan amplios ni mucho menos su fama y la cantidad de curaciones que hizo durante su corta vida.

De hecho, se cuenta que estando ya en su natal Espinazo, Nuevo León, varias veces pensó en mandar a buscar a sus maestros yucatecos para que lo ayudaran en las curaciones, ya que no se daba abasto él solo y la lista de espera afuera de su casa se contaba siempre por millares; sin embargo debido a la distancia con la península y a la escasa tecnología nunca pudo hacer un viaje de regreso a Yucatán.

Durante la investigación, estamos a la espera de obtener una fotografía en donde posan el Niño Fidencio con uno de los sacerdotes mayas y varios peones, en el interior de la hacienda de Chochoh; uno de los nietos de los pobladores afirma tenerla y aunque por ahora esta extraviada está haciendo todo lo posible por encontrarla, ya que de cierta forma sería una “joya” para quienes la valoran.

También se cuenta que en sus últimos meses en Yucatán, Fidencio curó a varias personas y estuvo tentado de quedarse a radicar en estos lares, pero le ofrecieron trabajo en un barco y prefirió conocer el mar y lanzarse a esa aventura, y ya de regreso se iría a su tierra en el norte del país.

Cabe destacar que ayer mismo, se contactó conmigo otra persona oriunda de Ticul quien afirma que su abuelo fue sacerdote maya y siempre hablaba de “un tal Fidencio”, por lo que sin duda es altamente probable que también lo haya conocido; en estos días entrevistaremos al nieto en busca de más información; mientras tanto debemos sentirnos orgullosos de que la magia blanca y la yerbatería yucateca haya servido para curar a miles de personas en el siglo pasado y también en nuestros días.