Rollo: Guadalupe Adrián
En tiempos donde muchos maestros (y maestras, pa’ no herir susceptibilidades ni dejar fuera nombres) ya cuentan los días pa’ la jubilación, en Mérida hay una “maeta” que sigue firme como albarrada de pueblo, llegando temprano al salón, cargando sus mapas y su amor por la enseñanza.
Se trata de María Ligia del Socorro Castro Espinosa, quien a sus 88 años de edad y 60 años de servicio, asegura, sin pelos en la lengua, que si volviera a nacer… volvería a ser maestra.
Y es que la querida docente, vecina de la colonia Vista Alegre, no habla de su profesión como un trabajo cualquiera, sino como una misión de vida. “Mientras Dios me preste vida y salud seguiré en las aulas. Dejaré de dar clases hasta que Dios me llame”, dice con esa voz firme que todavía pone quietos a más de uno en la Federal 5.
La maestra María Ligia es originaria de Mérida y forma parte de esas joyitas yucatecas que ya casi no se encuentran. Nada de querer oficina con clima o puesto administrativo. Ella lo deja clarísimo: “No me gustaría nunca ser directora, inspectora ni nada de eso. Me gusta ser maestra”. Así, sencillo y sin tanta vuelta.
Actualmente da clases de Geografía a seis grupos de primer grado en la Escuela Secundaria General No. 5 “Alfredo Barrera Vázquez”, escuela de la cual además es profesora fundadora y que este 2025 celebró sus 50 años de historia. Y sí, aunque muchos jóvenes apenas sobreviven con un grupo de WhatsApp, ella todavía atiende cerca de 150 alumnos y antes llegó a darle clase a más de 300 chamacos. ¡Una auténtica máquina de la enseñanza, mano!
Su historia en el magisterio comenzó en San Antonio Cámara, luego pasó por Cholul y más adelante la vida la llevó hasta Cozumel, donde continuó preparándose para convertirse en maestra de secundaria. Ahí también vivió una anécdota que hasta hoy recuerda entre risas.
“Una vez me sentí mal y le dije a mi esposo que no iría a trabajar. Él se levantó, fue a su máquina de escribir y me dijo: ‘firma esto’. Le pregunté qué era y me respondió: ‘tu renuncia, yo puedo mantenerte’. Él era director y yo no podía faltar a clases”, contó soltando una carcajada muy a la yucateca, de esas que contagian hasta al más serio.
Desde entonces, asegura que jamás volvió a faltar. “No me duele nada, jamás me dolió nada”, dice orgullosa, como diciendo “a mí no me tumba ni el calorón de mayo”.
Su esposo fue Pastor Gaspar Castro Soberanis, reconocido maestro que falleció hace 10 años y cuyo nombre hoy lleva la secundaria general de Santa Cruz Palomeque. Juntos formaron una familia de maestros y profesionistas: tuvieron cinco hijos, dos de ellas también dedicadas a la educación. Además, tiene 10 nietos, aunque aclara entre risas que “cada quien en su casa”. Actualmente vive sola, pero una de sus hijas vive enfrente y está pendiente de ella.
Y aunque cualquiera pensaría que ya debería estar descansando en hamaca y tomando su pozolito, la maestra prefiere seguir entre pupitres y pizarrones.
Reconoce que los tiempos cambiaron y que los alumnos de ahora no son iguales a los de antes, pero asegura que eso no significa dejar hacer lo que quieran. “Para eso es la escuela, para enseñar y educar”, comenta.
También entiende que muchos jóvenes cargan problemas desde casa. “A veces los chicos te quieren sacar de quicio, pero para eso estudiaste. Muchas veces papá y mamá tienen tanto que hacer que no están pendientes de ellos. Pobrecitos, si aquí tampoco los atendemos… pobres”, expresó con ternura.
La profesora dice sentirse orgullosa cuando se encuentra años después con ex alumnos que lograron salir adelante. Pero para ella el éxito no significa ser millonario ni andar presumiendo camionetón. “Triunfador es quien puede vivir bien, tener estabilidad económica y familiar, ser útil en la vida”, explica.
Y es que para doña María Ligia la clave siempre ha sido hacer las cosas con amor. “La profesión que escojas debes hacerla con gusto. Si lo haces con amor nunca vas a sentir que estás trabajando”.
Mientras muchos ya sueñan con el retiro, en la Federal 5 todavía hay una maestra que llega lista para enseñar capitales, montañas y continentes… pero también lecciones de vida. Porque en Mérida todavía existen personas que nacieron para servir, aunque ya peinen más canas que un abuelo tomando fresco en la puerta de su casa.




