Rosita se le apareció en el monte a don Rígil para decirle que Juan Aké la había envenenado.

Rollo: Jorge Moreno
Hace unos días se cumplió medio siglo de un extraño suceso que ocurrió en el municipio de Chicxulub Pueblo, y esto aún es recordado por varios habitantes de la localidad, pues de hecho fueron unas personas de ese sitio quienes hace un par de semanas me pidieron que hablara sobre este caso que involucra la extraña muerte de una adolescente.

Corría el año de 1969 y Rosita Chan era una jovencita muy querida en el pueblo, sus buenos modales hacían que fuera muy apreciada por casi todos, por eso mucha gente se lamentó sobre su prematura muerte a los 23 años de edad; fue un auténtico misterio su deceso, pues no tenía problemas con nadie, sus papás la trataban muy bien y, de repente, un día, cuando ellos la fueron a despertar -pues ya era muy tarde y no se levantaba- descubrieron que estaba muerta.

Nadie supo qué pasó, el pueblo quedó consternado al enterarse que la causa de su muerte había sido envenenamiento con altas dosis de “Denate” (veneno en polvo).

Todos estaban indignados, no podían creer que se hubiera suicidado, por lo que se pensó en un homicidio; sin embargo, no se encontraron muestras de violencia y rápidamente la Policía decidió que no había delito qué perseguir.

Al cabo de un año, 15 días antes de la fiesta del pueblo y justo dos antes del primer aniversario luctuoso de Rosita, don Rigel Cimé, vecino de la familia y padrino de primera comunión de la joven fallecida, llegó aterrorizado de su milpa diciendo que la había visto en el monte; el Sr. Cimé no tomaba ni fumaba y era una persona cabal y seria, que no creía en brujería ni nada por el estilo, por eso, cuando la gente y las autoridades escucharon lo que decía, se quedaron perplejos:

“¡Vi a Rosita, con la cara blanca, blanca, tenía el semblante entre triste y serio, sus pies no tocaban el piso, pero lo más importante es que me dijo que Juan Aké la envenenó!”, dijo casi gritando don Rigel.

La gravedad de la acusación corrió como reguero de pólvora en todo el pueblo, al grado de que las autoridades debieron citar a Aké, quien era un joven peón de albañil y toda la semana había estado en Mérida; al llegar a su pueblo todos lo veían raro, entre molestos y contrariados.

La Policía lo fue a ver, pero más en plan informal, ya que no había denuncia de por medio y no se podían basar en lo que decía el Sr. Cimé.

Pero antes de que los policías pudieran explicarle esto último con detalle, Juan Aké rompió en llanto y confesó que ¡sí la había envenenado!, Que lo había hecho porque días antes lo había rechazado al decirle que estaba enamorado de ella y que, por tal motivo, fue una noche a verla, ella le abrió la puerta amablemente y con el pretexto de decirle que le podía reparar su piso, ella lo dejó pasar a su cuarto…

En la alcoba, el agarró el “Denate” que tenía en una bolsa y se lo dio a beber al combinarlo con agua, y antes de que ella pudiera descubrirlo, se desmayó, lo que este aprovechó para meterle el resto del polvo a su boca.

Con tal confesión, fue mandado a la cárcel por homicidio. Por increíble que parezca, Rosita regresó del más allá para delatar a su asesino. ¿O acaso don Rigel sabía algo? Eso quizás nunca lo sabremos porque nadie sospechó en su momento de él y, en todo caso, el secreto ya se lo llevó a la tumba, ya que falleció hace seis años.

De lo que sí me enteré, es que los papás de Rosita por varios años estuvieron viendo una silueta fantasmal en el interior de su casa.

Ellos pensaban que era el alma en pena de su hija que no descansaba en paz, pero nunca pudieron comunicarse con ella; tras la confesión del asesino, las apariciones cesaron por completo.

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