Enigmas: el tesoro de la hacienda de Cholul
Se afirma que en la emblemática “hacienda embrujada de Cholul” hay oro enterrado.

Enigmas: el tesoro de la hacienda de Cholul

Rollo: Jorge Moreno
En varias ocasiones hemos hablado sobre los fenómenos paranormales que ocurrían en la ex hacienda de Sitpach, conocida popularmente como “hacienda embrujada de Cholul”, sin embargo un caso inédito es el que nos contó don Juan Gabriel May Concha, oriundo de Chablekal, quien afirma que hay ahí un tesoro enterrado.

“Mi papá trabajó ahí algunos años, pero su compadre si tardó mucho tiempo en ese sitio hasta el día en que desalojaron la hacienda y él le contó muchas veces que un hermano del dueño enterró plata y muchas monedas de oro cerca de la casa de máquinas”.

“De hecho constantemente veían una flama por esa área, decían que era señal de que ahí estaba el entierro, hubo personas del pueblo (Sitpach) y hasta ex empleados que después regresaron para buscar pero no encontraron nada”.

“Muchos se preguntan por que se piensa que está ahí el dinero y el motivo es que el señor falleció de forma inesperada, le dio un infarto y como era soltero y no tenía hijos todos suponen que a nadie le dijo la ubicación exacta de donde había enterrado sus cosas de valor; dicen que el dueño de la hacienda tiempo después vino para tratar de encontrar esa pequeña fortuna pero no lo encontró y se fue”.

Este caso es muy interesante y similar a decenas y decenas de sitios yucatecos en donde presuntamente hay dinero y oro enterrado; hay gente que ha tenido la fortuna de poder desenterrar estos tesoros y se han vuelto ricos de la noche a la mañana.

Un caso peculiar en donde se mezcla la ambición y el infortunio es el de don Juan Andrés, un anciano solitario que vivía en su milpa ubicada en los cerros del pueblo de Akil; una vez al mes bajaba a la comunidad a visitar a su familia, pasaba tres días con ellos y nuevamente regresaba a su pequeña casa de madera y huano.

Esta actividad  la había repetido por casi 30 años sin interrupción alguna, en ocasiones su esposa se ofrecía a acompañarlo, pero él siempre se negó a recibir compañía. Era muy trabajador, iniciaba sus labores a las 5:00 de la mañana y las culminaba con la puesta del sol, sólo tomaba un pequeño receso después de su almuerzo.

Cierto día se preparaba para tomar su baño, por lo que se fue hasta la sarteneja más cercana a buscar una cubeta de agua, pero al llegar no la encontró, pues esta se había secado; entonces maldijo su mala suerte y se encaminó hacia otra sarteneja distante 300 metros de donde se encontraba.

Al llegar, observó un iguano de regular tamaño y de un color grisáceo que descansaba tranquilamente sobre un inmensa piedra rojiza en forma de círculo; al mirar fijamente aquel animalito, este le hacía movimientos con la cabeza de arriba hacia abajo cómo dirigiéndose al viejo campesino, este no le dio importancia y continuó su camino.

Al día siguiente sucedió lo mismo, el iguano se encontraba en el mismo lugar haciendo los mismos movimientos, ante esto, Juan Andrés, pensó: “Qué casualidad tan tremenda, parece que este iguano se está burlando de esto que me pasa”. Al tercer día ocurrió lo mismo, Juan Andrés entonces exclamó: “Malvado iguano deja de burlarte de mí”.

Como si el animal fuera el culpable de que tenga que caminar más para abastecerse de agua. Juan Andrés entonces tomó la decisión de deshacerse de tan singular acompañante, por lo que tomó un pedazo de leña vieja y se acercó lo que más que pudo sin lograr que se moviera ni un centímetro aquel reptil, cuando estuvo a corta distancia intentó golpear a la criatura, pero esta se refugió rápidamente en un agujero que se encontraba en la parte posterior de aquella roca.

Entonces Juan Andrés convertido en un feroz cazador introdujo la madera en la entrada de la madriguera, pero no obtuvo resultados favorables, por lo que palanqueó con todas sus energías logrando con esto levantar la pesada lápida de piedra, retiró un poco de tierra y misteriosamente no encontró rastro alguno del iguano.

Asustado por lo que estaba sucediendo y pensando que se trataba de un espíritu malo que intentaba acarrearle más mala suerte de la que ya traía, retiró un poco más de tierra y grande fue su sorpresa cuando encontró una botijuela (cántaro de barro) con una tapa de madera que al parecer llevaba varios años de estar enterrado en ese lugar.

Aquel campesino no podía dar crédito a lo que estaba viendo, ya que al destaparlo se percató que estaba repleto con monedas antiguas de oro, probablemente era el tesoro escondido de algún rico hacendado que lo había guardado en la época de la guerra de castas, pensó.

Entonces, Juan Andrés abrazó con fuerza el cántaro y como pudo corrió a toda velocidad hasta la seguridad de su casa y de su milpa. Estando en su lugar de descanso se apresuró a contar las monedas que en total fueron 79, exactamente la misma edad con la que contaba el campesino; con una alegría que nunca había experimentado, dio gracias a los dioses del monte por la gracia consentida y dijo: “ahora que soy un hombre con suerte podré descansar”.

A la mañana siguiente, después de tomar cinco monedas, se ocupó en esconder su preciado tesoro, metió el oro en el cántaro, lo selló con la tapa de madera y lo enterró en medio de tres árboles de álamo, posteriormente señaló el sitio exacto con una gran piedra similar a la que cubrió el tesoro en su lugar original.

Después bajó al pueblo a visitar a su familia, estos se sorprendieron mucho al ver su llegada. Juan Andrés les informó de lo que había sucedido y les dijo que nunca volvería a trabajar pero nadie le creyó y todos lo tildaron de viejo loco.

Ante todo esto el campesino se sintió más solitario de lo que era en su milpa, con los días se acostumbró a esta indiferencia y logro vivir feliz los últimos años de su existencia a lado de su familia en la casa que tenía en la población gastando las únicas cinco monedas que conservó.

Por rencor a sus familiares, ya que no le creyeron tan extraordinario suceso, nunca reveló a nadie el lugar donde escondió sus 74 monedas de oro puro, por lo que el tesoro sigue a la espera de otro afortunado personaje para revelarle sus secretos.