El Peso de la Experiencia: ¡El profe que no quiere soltar el gis!

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Hay quienes cuentan los días para jubilarse y mandar todo “a la fregada”. Pero ese nunca fue el caso del profesor Wilmer Fernando Paredes Castillo, un maestro de química que dedicó 53 años de su vida a enseñar a miles de estudiantes y que, aunque hace cuatro años colgó el gis por motivos de salud, todavía suspira cada vez que pisa una escuela.

“Cómo extraño entrar otra vez al salón”, dice con una sonrisa que mezcla orgullo y nostalgia, de esas que solo entienden quienes encontraron el trabajo de su vida.

Don Wilmer nació en Mérida y, aunque llegó al magisterio casi por accidente, en cuanto dio su primera clase supo que ahí estaba su destino. Su mamá era maestra y, de los seis hermanos, fue el único que siguió ese camino. “Si volviera a nacer, volvería a ser maestro”, afirma sin pensarlo dos veces.

Su aventura comenzó en 1966, cuando apenas tenía 15 años. Él quería estudiar la preparatoria, pero al llegar al examen se topó con los famosos “bautizos” de los alumnos de nuevo ingreso. Los jóvenes embarraban chapopote y paseaban a los novatos. Aquello no le hizo ninguna gracia. Los organizadores le dijeron que dejara sus papeles y regresara para “la cuerda”. Él respondió con un rotundo “no”. Incluso lo amenazaron con que, si volvía al día siguiente, le iría peor. “Pues mejor me fui”, recuerda entre risas.

Mientras pensaba qué hacer con su futuro, se sentó en una banca del centro de Mérida. Ahí se encontró con unos conocidos que le preguntaron qué cara de “puch” traía. Les contó lo sucedido y ellos lo invitaron a inscribirse en la Escuela Normal “Rodolfo Menéndez de la Peña”.

Parecía que tampoco la iba a librar porque le faltaba un documento. Pero, como dicen por acá, cuando algo es para uno, ni aunque se quite. Una amiga de su mamá le guardó la última ficha disponible. Regresó con el papel, presentó el examen, aprobó y sin saberlo acababa de encontrar la profesión que marcaría toda su vida.

En 1969 inició su carrera en Hecelchakán, Campeche, como laboratorista. Al mismo tiempo estudió en la Normal Superior y tres años después ya era maestro de química. Su juventud era tanta que la entonces Secretaría de la Defensa Nacional tuvo que darle una dispensa especial para realizar su servicio social antes de la mayoría de edad, ya que a los 18 años ya estaba frente a grupo.

Después trabajó en varios estados hasta llegar a Veracruz y, finalmente, a Yucatán, donde encontró su hogar profesional. A finales de los años setenta llegó a la Escuela Secundaria General No. 5 “Alfredo Barrera Vázquez”, donde permanecería durante más de cuatro décadas formando nada menos que 45 generaciones de estudiantes.

Su jubilación llegó hace cuatro años, obligada por problemas de salud que afortunadamente logró superar. Sin embargo, cada vez que vuelve al plantel invitado a alguna ceremonia o evento especial, el corazón le juega una mala pasada. “Extraño regresar, pero como maestro. Ver a los muchachos, a mis compañeros… hasta dan ganas de abrir la puerta del salón y seguir dando clases como antes”, comenta.

Y es que para él enseñar nunca fue un empleo. Fue una forma de vivir. En más de medio siglo acumuló miles de historias, algunas tan curiosas que todavía lo hacen reír. Como la ocasión en que tenía un alumno bastante inquieto. De esos que hacían renegar hasta al más paciente. Un día le dijo en tono de regaño: ”Si sigues así vas a terminar vendiendo frutas y verduras en un puestecito del mercado.”

Muchos años después el joven lo buscó. ”Maestro, usted fue profeta”, le dijo. Don Wilmer pensó que la historia confirmaría su regaño. Pero no. Resultó que el antiguo alumno sí vendía frutas y verduras… solo que era dueño de varias bodegas y de un negocio muy exitoso. ”Cuando usted me dijo eso, para mí fue un reto. Quise demostrar que podía salir adelante. Gracias por creer que tenía capacidad”, le confesó. El profesor asegura que ese tipo de encuentros pagan cualquier desvelo.

Otra experiencia que jamás olvidará ocurrió cuando entró a la dirección de la secundaria para entregar unos documentos. Ahí estaban tres mujeres, la alumna de ese momento, su mamá y su abuela. Las tres habían sido sus estudiantes en distintas épocas. “Fue algo mágico ver a tres generaciones de una misma familia que pasaron por mis clases.”

Hoy la educación también forma parte de su propia familia. Se casó con doña María de los Ángeles Flores Santana, quien lamentablemente falleció hace dos años. Tuvieron cinco hijos: Guadalupe, Lilia, quien actualmente también es maestra en la misma secundaria donde él trabajó; Fernando, licenciado en Administración de Empresas; Ana Cristina, que también se dedica a la docencia; y Luis, quien trabaja en el comercio. Además disfruta de ocho nietos y una bisnieta, quienes llenan de alegría sus días.

Sus hijas maestras suelen platicar con él sobre los cambios que ha tenido la educación, le cuentan las dificultades actuales y cómo muchas veces los padres de familia reclaman por cualquier situación. Él siempre les responde lo mismo: «No se rindan. Hay muchos problemas, sí, pero lo importante son los muchachos. No vean números. Vean personas que están confiando en ustedes.”

Ese consejo también lo comparte con quienes apenas empiezan su carrera docente. Les pide no dejarse vencer por las dificultades y recordar que cada alumno representa una oportunidad para cambiar una vida.

Porque después de más de cinco décadas frente al pizarrón aprendió que enseñar química era importante, pero enseñar con el corazón era todavía más valioso. Para don Wilmer, el mayor premio no fueron reconocimientos ni medallas. Es caminar por las calles de Mérida y escuchar un “¡Maestro!” acompañado de un abrazo sincero de alguien que un día ocupó una de las bancas de su salón.

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