Malek Abdala, un aficionado de hueso colorado al deporte de los costalazos.

(Segunda Parte)

Rollo: Félix Zapata/Flashazos: Victoria González
Diversos objetos forman parte de la colección de Malek Rashid Abdala Hadad, director general del Palacio de la Música, que como dimos a conocer en la primera entrega, es fanático de la lucha libre y un rincón de su casa está dedicado al ambiente de las llaves y candados.

Pero un objeto muy preciado por él es un juego de sillas y, en un caso muy particular, una autografiada, la cual pensó jamás llegaría a concretarse.

En la edición de ayer les presentamos la primera parte de la charla que De Peso tuvo con el aficionado y amante de Doña Lucha, quien abrió las puertas de su hogar para dar a conocer el ahora más que famoso bar personal bautizado como “Talibar”, donde diversos artículos alusivos al pancracio permiten remontarse a la niñez o, bien, al ambiente deportivo de las arenas.

Una mesa y cuatro sillas llaman inmediatamente la atención de quien visita su recinto sagrado. Sobre esa mesa unos saleros en forma de máscara decoran el centro, mientras que a su alrededor las sillas en forma de tapas le dan un toque más que perfecto. Ahí, El Santo, acompañado de Blue Demon, Atlantis y Octagón, hacen guardia.

De ello se deriva una historia fascinante. Y es que Malek, al visitar un conocido bar en Mérida, observó esas sillas, las cuales mandó hacer para su casa y mediante las redes sociales le pidió a cada atleta la posibilidad de firmarle esos respaldos que inmortalizan parte del mundo del arte del catch.

“Cuando mandé hacer las sillas de máscaras les escribí a cada uno de los luchadores por twitter y el único que me contesto fue Octagón. Me dijo: ‘Cuando vaya a Mérida te aviso’ y pensé que era puro cuento, pero pasó un año y me llega un inbox (mensaje) diciéndome que venía a esta ciudad. Nos vimos y me firmó la silla y unos mamelucos de mi hijo, eso no vale como el artículo firmado sino que vale por la calidad humana de alguien que siempre he admirado”, externó Abdala Hadad.

Pero dentro de esa colección, otros objetos también son preciados, como el caso de unos muñecos de la “WWE” que le regaló su tía Jazmín en una Navidad siendo apenas un chamaco.

“Tengo unos muñecos de la lucha libre de Estados Unidos de cuando recién salían los videojuegos, eran luchadores inalcanzables que no se veían por aquí…son muy especiales porque no los podías conseguir fácilmente, y un articulo de mucho valor es la máscara original de Atlantis, firmada por este gladiador que pude conseguir por mi amigo Jerry Sánchez”, recordó.

Pero el amor a la lucha ha trascendido en su esposa Gilda, quien se ha fajado en regalarle más artículos, como fue el caso de unas botellas de cervezas junto con un ring, el cual eran exhibidos en un aparador y no puestas en venta. La insistencia dio como resultado, tenerlas ahora en casa.

Aunque en un principio su ahora “domadora” no sabía de sus gustos por la lucha, el día llegó y la cosa cambió.

“La convencí, por no decir que la obligué una vez a asistir a una función. Salió fascinada. He llevado amigos muy fresas por calificarlos de un modo y salen felices. No tiene por qué gustarte el deporte, es un espectáculo donde la gente grita, comes de todo y ves a los luchadores tirándose”, relató.

Un cuadro del The Undertaker enfrentando a Súper Muñeco, regalo que recibió recientemente por un año más de vida, una playera autografiada por elementos de la lucha gringa y una más por Tinieblas forman parte de esa preciada colección.

Tanto es su fanatismo al pancracio que a la edad de 25 años su festejo fue netamente dedicado a ello, donde incluyó piñatas, pastel y refrescantes bebidas.

Hoy, combinar su vida personal de la mano de su labor en la función pública no son impedimento para crecer su amor por la lucha libre que desde ahora, como padre, la transmite a sus tres hijos, quienes mantendrán en un futuro con vida la magia del deporte de los costalazos.

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