Enigmas: La niña que murió en el cementerio, enterrada con un ataud

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En muchas familias antiguas existía un tabú con relación a las pláticas con sus hijos sobre los muertos; incluso se acostumbraba (y aún se hace en muchos sitios) a no llevarlos nunca a los panteones hasta que cumplieran al menos quince años. Por lo tanto, si antes de esa edad fallecía algún familiar, por muy cercano que fuera, éstos se quedaban en casa.

Todo esto viene a contexto del caso que les presentamos hoy, ocurrido en Guadalajara, Jalisco, con una conocida familia de apellido Hernández que, tras la muerte de uno de sus integrantes, decidió romper con la tradición y llevó a su pequeña hija de siete años con la intención de que aprendiera que la muerte es parte del ciclo de la vida. Aunque muchos de sus amigos y familiares no estuvieron de acuerdo, la niña asistió al entierro. Miró cómo las personas lloraban y gritaban desconsoladas de dolor al tener que despedirse del difunto.

Poco a poco las personas comenzaron a retirarse del panteón porque ya estaban sepultando al fallecido. Muchos tenían que ir a casa para descansar, al igual que los Hernández, así que la pareja se dirigió a su hogar, pero justo cuando llegaron recordaron que algo les hacía falta… ¡la pequeña niña no estaba con ellos!

Rápidamente comenzaron a preguntar por ella a sus familiares y amigos, esperando que alguien estuviera con la menor. Volvieron al panteón y buscaron por cada una de las secciones, pero no la encontraron. Pidieron ayuda a la policía y, por más que buscaron por todo el cementerio y varias cuadras a la redonda, no apareció. Se emitieron boletines y tanto autoridades como civiles realizaron intensas búsquedas en los días siguientes, pero la niña no apareció.

Transcurrieron varios meses y no había una sola pista, por lo que la familia poco a poco fue perdiendo la esperanza de volverla a ver. Pasaron algunos años y, cuando falleció la esposa de Humberto —el hombre a quien habían sepultado los Hernández—, su última voluntad fue que la enterraran en la misma tumba que su difunto esposo.

Las personas tuvieron que escarbar nuevamente esa tumba para poder sepultar a la mujer. Sacaron el ataúd de Humberto, pero encontraron algo extraño debajo de él: había unos pequeños huesos que formaban el esqueleto de lo que parecía una niña. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que era el cuerpo de la pequeña que había desaparecido años atrás.

Justo cuando bajaban el ataúd de Humberto, la niña tropezó y cayó debajo de la caja. Nadie notó su presencia porque se golpeó la cabeza y murió de forma instantánea. Puede sonar un poco inverosímil esto, ya que sería difícil creer que la niña cayera dentro de la fosa sin que nadie lo notara, y más aún que no se percataran de que, al asentar el féretro, éste no quedara bien colocado en el hueco.

No faltó quien dijera que, en realidad, la niña fue secuestrada y que los malhechores, al ver que se armó todo un revuelo tras su desaparición, decidieron poner su cadáver dentro de esa misma tumba, seguros de que sería el último lugar donde la policía revisaría.

Lo que es un hecho es que la desaparición de la menor de los Hernández fue real, pues quedó documentada en las crónicas de la época, tanto en la prensa como en un par de libros sobre temas policiacos. Este lamentable hecho ocurrió en los años treinta del siglo pasado.

Hasta la fecha, las personas que visitan el panteón de Guadalajara dicen que suelen ver a una niña corriendo y jugando durante el día. Es común que se acerque a las personas y les pregunte si quieren jugar. También cuentan que, si le dejan juguetes, éstos desaparecen a los pocos minutos. Muchos creen que se trata del espíritu de la pobre infante, cuya alma aún no encuentra descanso.

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