El peso de la experiencia: el maestro Miguel, un mentor que comparte la cultura con Cansahcab

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En Cansahcab, donde la jarana no se baila, se siente hasta los huesos, y donde las bugambilias adornan los patios como si fueran parte de la familia, vive un maestro de esos que ya no se fabrican ni por encargo: don Miguel Ángel Vega Loría, un profesor de 81 años que sigue dando batalla, pero no con machete ni alaridos, sino con libros, cultura y puro amor por su pueblo.

Nacido el 10 de enero de 1945, don Miguel es uno de esos personajes que cuando hablan, uno escucha; y cuando enseñan, uno aprende hasta sin querer. Desde 1965 entró al magisterio y desde entonces no ha soltado el gis, aunque ya no esté frente del pizarrón como antes. Fue maestro de español en primaria, secundaria, nivel superior y hasta maestría; o sea, si usted se portaba mal con las comas, seguro él le jalaba las orejas con elegancia académica. Estudió en la Normal Superior y luego hizo su licenciatura y maestría en la Escuela Normal Superior de Yucatán “Profesor Antonio Betancourt Pérez”, pero más allá de los títulos, lo que lo distingue es esa terquedad buena que tienen los maestros de antes: esa manía hermosa de querer enseñar aunque ya estén jubilados y aunque el cuerpo le diga “ya detente”, pero el corazón grite “todavía no”.

Soy oriundo de Cansahcab y desde pequeño me contagié de las actividades culturales de nuestro pueblo, porque esta tierra es cuna de artistas”, cuenta don Miguel con ese orgullo que no cabe ni en toda la plaza principal. Y razón no le falta. Porque en Cansahcab la cultura brota como ramón en temporada buena, y don Miguel ha sido uno de los principales jardineros de ese sembradío cultural.

En 2006 se jubiló oficialmente y muchos pensaron que por fin iba a colgar la hamaca y dedicarse a ver pasar la tarde con su cafecito y pan francés. Pero nel pastel. Don Miguel no sabe estarse quieto ni aunque le pongan freno de mano. Primero fue director de la Casa de la Cultura, durante el trienio 2015-2018, donde reforzó su trabajo con niños y jóvenes. Pero luego, animado por sus hijos Emilio Arturo, Jesús Miguel y especialmente Martín Jeffte Vega Arcila, decidió hacer algo más grande, más suyo y más útil para el pueblo.

Así nació en 2019 el Centro Cultural Cansahcab (CCC), que esta noche (sábado 3 de mayo) cumple siete años de enseñar cultura y tradiciones. Es un espacio levantado con esfuerzo familiar, sudor, fe y probablemente varios “má” de preocupación. Este sábado cumple siete años y se armará la pachanga cultural como Dios manda, porque aquí la cultura también se sabe celebrar. El CCC no tiene fines de lucro, pero sí tiene mucho corazón. Actualmente atienden de manera gratuita a cerca de 100 alumnos entre niñas, niños y adolescentes que llegan desde Cansahcab, Santa María, San Antonio Xiat, Suma y hasta Dzidzantún, porque cuando algo vale la pena, hasta el mototaxi llega feliz.

Ahí se imparten talleres de inglés, dibujo, pintura, música, ajedrez, jarana y otras disciplinas que ayudan a formar no sólo artistas, sino chamacos con disciplina, identidad y menos pegados al celular. También cuentan con una Orquesta Típica integrada por 26 niños y jóvenes. Hay peques de seis años que ya le pegan a la percusión mejor que muchos adultos le pegan a la vida, y jóvenes que dominan clarinete, violín y otros instrumentos. Además, tienen un ballet folklórico que ya es orgullo del pueblo.

Creamos este lugar para alejar a los niños de los vicios, del exceso de internet y acercarlos más a la cultura”, explica don Miguel. Traducido al yucateco práctico: menos TikTok, más jarana.

El centro funciona de manera independiente, sin colores partidistas ni promesas de campaña. “Creamos este lugar para alejar a los niños de vicios, los excesos de internet y acercarlos más a la cultura”, explica don Miguel. Aquí no solo se aprende a tocar violín; también se aprende a ser buena persona, que falta hace.

Hoy sobreviven gracias a unos 15 padrinos o mecenas que aportan mensualmente, además de una tienda de refacciones para motos y bicicletas que ayuda a sacar para los gastos. A veces, incluso, don Miguel mete de su propia bolsa. Pero no se queja. Porque cuando uno trabaja por amor, hasta la cartera aguanta vara.

Junto con su hijo Jeffte y otros maestros, sigue atendiendo todos los días a niños y padres de familia. Porque educar no sólo es enseñar materias; también es abrir caminos y evitar que los muchachos se pierdan.

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