El Peso de la Experiencia: El sazón de Míriam Peraza, digno de Netflix

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En Yucatán hay historias que empiezan con un fogón, una abuela que cocinaba con mucho amor para alimentar a su familia y el olor a cebollita frita que se cuela por todo el solar. Así arrancó la vida culinaria de Míriam Peraza Rivero, una mujer que hoy presume fama internacional, pero que empezó siendo simplemente una mamá que cocinaba para sus hijos.

Aunque nació en Mérida, a los dos días de nacida la cargaron y se la llevaron a Dzilam González, tierra de la familia de su papá. Ahí creció entre gallinas, fogones y el típico solar yucateco donde siempre había algo hirviendo en la olla. Y como dicen por acá, ahí se cayó su tuch. Desde chiquita quedó embrujada por los olores de la cocina. Veía a su abuela corretear la gallina pelona, prender la leña y preparar desde frijol colado hasta relleno negro, mientras el radio sonaba con novelas y el humo del fogón perfumaba todo el patio.

Hija orgullosa de esta tierra y de Eloy y Míriam, dos extraordinarios seres humanos que le enseñaron que la cocina es la vida misma: trabajo duro, pero también placer, encuentro, evocación, historia, memoria, convivencia, aventura, riesgo, emociones intensas, fraternidad y un supremo acto de generosidad como pocos en el ser humano.

“Antes no le decíamos gastronomía, era simplemente cocinar”, cuenta doña Míriam con su estilo sencillo y muy directo. Su abuela Enriqueta, su tía Julia y su mamá, que era maestra rural, fueron sus primeras maestras en la cocina. De ellas aprendió a hacer el recado del relleno negro, a secar el chile chawaik al sol y a entender que la cocina yucateca se hace con paciencia, dedicación y mucho cariño. En aquel solar, debajo de un árbol, entre el fogón y la batea donde se lavaba la ropa, se contaban historias, se compartía comida y se armaban convivios que parecían fiesta todos los días.

Con el paso de los años, aquella niña curiosa que ayudaba en la cocina terminó convirtiéndose en la mente y el corazón del restaurante “Manjar Blanco”, que abrió en 2011 frente al bullicio del Mercado de Santa Ana. En ese tiempo muchos le decían que estaba medio loquita por poner comida yucateca justo donde ya había bastante. Pero como bien dice la sabiduría del barrio: el que tiene buena mano pa’ la cocina hasta al agua le saca sabor. Y doña Míriam lo demostró.

De cocinarle a sus cinco hijos, pasó a preparar banquetes para chefs famosos, artistas, políticos, turistas y viajeros que llegan de todas partes de México y del mundo. Gracias a la cocina ha conocido gente de muchos rincones de Yucatán, de otros estados y hasta de otros países que llegan con la ilusión de probar una buena cochinita pibil, un queso relleno, relleno negro o un escabeche como los que cocinaban las chichis, las tías, las suegras o las mamás.

La vida también le tenía guardada una sorpresa grande. Un día llegó una visitante extranjera a su restaurante, probó la cochinita y tiempo después resultó ser productora de Netflix. Así fue como doña Míriam terminó apareciendo en la serie “Las crónicas del taco”, llevando el sabor yucateco a más de 190 países. Desde entonces no faltan turistas que llegan con el celular en la mano diciendo: “¡Aquí es donde sale la cochinita del documental!”.

Pero si eso ya era mucho, la cocinera todavía se llevó otra gran sorpresa cuando fue reconocida con dos medallas, una de oro, por el Vatel Club de México y la Academia Culinaria de Francia, en una ceremonia realizada en la Universidad Anáhuac. Con emoción y su típico sentido del humor, la yucateca dijo que en ese momento se sintió como Yalitza Aparicio caminando por una alfombra roja, rodeada de chefs y aplausos. Hasta ahora, es la única cocinera yucateca que ha recibido ese doble reconocimiento internacional.

A pesar de todo ese éxito, doña Míriam sigue siendo la misma mujer sencilla que se levanta temprano para comprar verduras, recados y demás ingredientes, pero sobre todo asegurarse de que cada plato salga con el sabor de siempre. Dice que la cocina le ha dado algo más valioso que el dinero: amigos, historias y la oportunidad de compartir la comida yucateca con el mundo.

Para ella, el verdadero éxito no está en los diplomas ni en las cámaras, sino en algo mucho más simple: ver el plato vacío. “Ese es el mejor pago”, dice. Si el comensal, sea turista o yucateco exigente, deja el plato limpio, significa que el sabor cumplió su misión.

Y mientras tenga fuerza, doña Míriam seguirá soñando. Porque como buena mujer del Mayab, asegura que el secreto de la vida es sencillo: seguir cocinando, seguir compartiendo… y nunca dejar de soñar, aunque sea con otro plato de cochinita bien servido, ¡maare!

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